Vivir en Conciencia

El Sujeto último: la Conciencia

Nada puede decirse acerca de la conciencia. En cuanto hablamos de algo, o pensamos en algo, creamos una distancia, una separación. No obstante, la conciencia es lo que somos, nuestra verdadera naturaleza y la fuente de todo. La mente no puede captarla, ni explicarla, ya que el Sujeto último no puede pensarse. Está más allá de las formulaciones. Por lo tanto es imposible pensar en él, meditar sobre él o imaginárselo. Solamente podemos emplear palabras evocadoras para decir lo no calificable: energía, luz, silencio, vacío. Hablaremos pues de una representación mental de la conciencia.
Somos la conciencia. Porque creemos que esto debe experimentarse, intentamos alcanzar esta realidad. Pero la conciencia no puede ser experimentada. El mundo y todos sus fenómenos pueden ser objeto de una experiencia, nunca la conciencia que los contiene.
Creemos conocernos a través de todos estos objetos de percepción de la conciencia como el ego, el pensamiento, la sensación. Vivimos teniendo siempre conciencia de algo. Pero los objetos no tienen realidad sin un sujeto que los observa. Este sujeto, el Yo último, no puede ser percibido. Nunca podemos objetivarlo. En vano lo buscamos en los pensamientos, las emociones, las sensaciones que solamente son sus reflejos, sus expresiones temporales. La conciencia no puede ser asociada con nada aparente, no es perceptible por los sentidos, no puede ser captada por el pensamiento. Se manifiesta a través de ellos pero permanece desapegada. Si nos olvidamos de ella sigue estando aquí. No podemos alejarnos de nosotros mismos. Así que, dejemos que se abandone a ella misma. Aunque no pueda ser objeto de percepción para ella misma, sabe reconocerse.
Aceptemos el hecho de no poder encontrarnos en la proyección, en la sensación corporal, en la comprensión o en la percepción mental. La conciencia es lo que somos más allá de los movimientos que van y vienen.
A causa de la identificación con el cuerpo, el yo que es objeto de percepción como los otros objetos, se toma por el sujeto autónomo que actúa. Cuando la realización repentina pone fin a la creencia de que hay una individualidad autónoma que busca y actúa, nos queda una mirada testigo, neutra, una observación. Este darse cuenta de que somos conciencia no es una experiencia que necesite de alguien. Surge cuando la experimentación se detiene por ella misma, en el momento en que el sujeto se reconoce como el espacio en el seno del cual todo aparece. La conciencia es entonces conciencia de sí misma, pura, vacía, ya no es conciencia de algo. Cuando experimenté la “muerte”, mi conciencia se realizó espacio infinito, conciencia universal. Estaba viva, completamente viva. Incluso cuando no somos conscientes de algo, lo que somos verdaderamente no deja de ser. Es porque no hemos realizado nuestra verdadera naturaleza que creemos que nos morimos cuando el cuerpo desaparece o que los pensamientos se paran. La conciencia no es un estado. Es la esencia de la vida, es eterna.

Es por la conciencia que todo es percibido. Ella ve el espectáculo del mundo manifestado por ella misma en un campo que no es otro que ella misma. Esto no significa que este espectáculo sea irreal, pero es falso considerarlo como una realidad absoluta, es decir que existe por ella misma. Todas las percepciones, todos los objetos no pueden existir sin una energía luz que los alumbra: la conciencia.

La totalidad de la manifestación es una aparición en la conciencia . Todo lo que es percibido, visto, aparece en ella. Cada pensamiento, cada acontecimiento es un movimiento en la conciencia, provocado por ella. Todo es objeto para la conciencia, el Sujeto último no conocible.

El hombre es parte de lo manifestado del mismo modo que el mundo. El mundo no ha sido creado para el hombre. Los animales, las plantas, la tierra no son diferentes de nosotros, aunque no vivan del mismo modo. Todo participa de la misma expresión. La conciencia es una y lo abarca todo. Las diferencias sólo existen en la mente.
En cuanto se para la conceptualización la paz es presente, el silencio, la percepción pura, porque solamente aflora la conciencia. Es pura presencia. La energía de su juego puede obrar libremente cuando todo nuestro ser expresa con evidencia esta pura presencia.
La conciencia es omnipresente, en cada criatura, en la naturaleza y en la tierra.
Cuando entendemos que todo es ella, la carga de los cuestionamientos y de los sufrimientos es enseguida abandonada. Todos los movimientos de la vida son percibidos por lo que son, manifestaciones en un tiempo y en un lugar dados. Vemos que todo lo que nace y muere es el reflejo de nuestra verdadera naturaleza, inmutable. Somos todo. La cuestión de la diferenciación entre bien y mal, limitado e infinito, servidumbre y liberación ya no se plantea. Está claro que el universo es una única y misma sustancia y que somos inseparables de él. Cuando nos encontramos con alguien, cuando vemos algo, nos encontramos y nos vemos a nosotros mismos. Es una misma realidad, un mismo espacio vacío. La conciencia es este espacio vacío. A causa de la existencia de formas variadas, el espacio interior parece diferente. Pero, cuando la forma desaparece, el espacio interior se vuelve uno con el espacio universal. Siempre ha sido así…

En nuestra dimensión terrestre, dejamos que nuestra conciencia funcione como una entidad condicionada por lo que manifiesta. En cada experiencia, este espacio de percepción se identifica con el cuerpo y genera el sentimiento de un yo. Incansablemente, nuestra mente formula juicios sobre la multitud de fenómenos que aparecen, neutros en su fuente. Nuestra existencia se vuelve una sucesión de deseos y miedos, una lucha, en definitiva. Cuando todo lo que surge es la vida misma, pura en su esencia, que se ofrece a nosotros por y en la conciencia. Todo emerge desde este espacio y se desarrolla en este espacio. Se trata de entender que nada depende de algo exterior creado por la mente. Cada fenómeno está dentro de nosotros, como expresión visible de la realidad una. El destino que es una sucesión de circunstancias unidas al tiempo, emana de este espacio vacío. Así, cada acontecimiento es importante y debe ser considerado como una bendición. Debemos acoger todo en el silencio de nuestra conciencia intemporal. Todo emerge desde allí y volverá allí en el movimiento perfecto que es.

Nuestra individualidad es un reflejo en la energía luz. No soy el reflejo: Soy la conciencia. No es la conciencia que se dice sujeto, porque en ella no hay ninguna separación. Ella es todo, la sustancia de todas las manifestaciones. No hay ninguna distinción fundamental entre lo absoluto y el mundo manifestado. La última realidad y sus objetos de expresión son uno. Todo lo que existe es la conciencia, en la cual todo surge.
Cuando toda la manifestación es percibida como una aparición en el seno de la conciencia, la mente ya no busca nada en el exterior. ¿En el exterior de qué? Está incluida ella misma así como los objetos que persigue. “Yo” es presente en todo y todo está en Él.

Nada está separado de la conciencia. Por este motivo no podemos objetivarla. Todo lo que puede ser experimentado o incluso solamente observado, no es la conciencia ella misma. Incluso cuando el silencio es percibido, no es lo que somos. Es un reflejo, una emanación. Lo que somos verdaderamente es la percepción ella misma, la observación ella misma, en la ausencia de observador y observado.
La conciencia es observación y a ella no le sucede nada. Nunca es alterada, pase lo que pase, sea cual sea el acontecimiento que experimentamos o el sufrimiento que sentimos. Somos esta observación inmutable y no el espectáculo que se desarrolla continuamente y al cual nos identificamos por error. El mundo puede desaparecer en este instante. La conciencia es. No está unida al mundo, no se preocupa del final de los fenómenos o de las formas de vida. Nunca se ve afectada por los cambios, las desapariciones, por todo lo que refleja. Siempre conserva su naturaleza indiferenciada, incluso a través de sus expresiones limitadas. Es el continente de la totalidad de lo manifestado y también de lo no manifestado. Cuando es sin objeto, es conciencia infinita, impersonal, sin forma, sin causa. También se la puede llamar vacío, plenitud, silencio. Es lo que somos de toda eternidad.

Somos, en este mismo instante, este receptáculo sin límite, luminoso, intemporal, esta vacuidad silenciosa en el seno de la cual todo se produce. Somos en esencia en cada cosa, los unos dentro de los otros en el seno de una misma substancia cósmica. No hay nada que alcanzar de lo cual estemos separados.
Cuando el espacio está libre de la mente divisora, cuando es apacible, totalmente abierto, la conciencia aflora y nos hace percibir la realidad última dentro de la multitud de los fenómenos que se manifiestan. Esta parte eterna se revela en cuanto todo nuestro ser se abandona a lo que le es propuesto. No está unida a nuestra personalidad, no depende de nuestros pensamientos, tampoco de nuestros actos. No tiene nada que ver con nuestro sufrimiento, ni con nuestra espera de la felicidad. Ella es el flujo ininterrumpido presente en todas las formas, este testigo que observa en silencio todo lo que aparece y desaparece en su campo. No tenemos que hacer nada sino descubrir dentro de nosotros esta fuente silenciosa que resplandece bajo las dimensiones infinitas del universo y absorbernos en ella.

“Oh tú que buscas el camino, vuelve sobre tus pasos, pues dentro de ti es donde se encuentra el secreto “. (Ibn Arabî)